viernes, 27 de enero de 2012

Vivan las bibliotecas

Las bibliotecas son depositarias de nuestra memoria, privada y colectiva.

"¿Cuál es el mejor regalo que puede dársele a una comunidad?", se preguntó el filántropo Andrew Carnegie en 1890. Su respuesta fue sencilla: "Una biblioteca pública". De origen escocés e inmigrante en los Estados Unidos, Carnegie donó casi el 90 por ciento de su inmensa riqueza para establecer instituciones públicas, entre ellas unas 2.500 bibliotecas en 12 países de habla inglesa.

Sus donaciones no se destinaron tanto para comprar libros sino para construir los edificios que sirvieron de bibliotecas. No obstante, su legado es inmenso. Y refleja la convicción que, desde joven, Carnegie tuvo sobre el poder del libro en su misma trayectoria social, de raíces modestas.

"La biblioteca como poder" es uno de los capítulos del libro de Alberto Manguel donde se relata la anécdota de Carnegie (The Library at Night, 2006). Manguel es un escritor argentino que vive en un antiguo granero del siglo XV al sur del Loira, en Francia, rodeado de los 30.000 volúmenes que forman su biblioteca. The Library at Night es un homenaje fantástico a los libros, a sus sitios de reposo y a la lectura -lleno de ricas anécdotas, aunque con una erudición que a veces fatiga-.

En la era del Internet, la reivindicación de las bibliotecas parecería anacrónica. No es así. Manguel advierte cómo ignoramos cuánto durarán los archivos de computador -la vida de un disquete no parece superar los diez años-. En contraste, el libro de Doomsday ha sobrevivido unos dos mil.

Las bibliotecas son depositarias de nuestra memoria, privada y colectiva. "Lo que se memoriza se evapora, lo que se escribe perdura", nos recuerda Manguel. Sócrates, sin embargo, creía que los libros eran una "amenaza" contra el precioso "regalo de la memoria".

Los libros han enfrentado enemigos diversos. Históricamente han sido temidos por los poderosos. La censura y quema de libros son propias de los regímenes totalitarios, como el nazismo. Manguel narra muchos de estos episodios destructivos y fatales, algunos de ellos paradójicos, como los protagonizados por Juan de Zumárraga, inquisidor en el México colonial y destructor de libros aztecas, quien a la vez fue promotor de imprentas en Hispanoamérica.

Algunos depredadores no han actuado por motivos ideológicos. En 1702, los habitantes de Islandia, inmersos en la pobreza bajo la égida de los daneses, asaltaron las bibliotecas de Copenhague para arroparse en invierno con manuscritos antiguos. Los esfuerzos del rey Federico IV por recuperarlos, nos cuenta Manguel, dieron resultados parciales y frustrantes tras una tarea de 10 años. Los tesoros recuperados se perdieron poco tiempo después, a causa de un incendio.

Manguel está más interesado en narrar las virtudes y los misterios de las bibliotecas, los encantos de sus diseños arquitectónicos, la curiosa y hasta mística relación de los bibliófilos con sus libros, en la forma de organizarlos en los estantes, en los sorpresivos descubrimientos que arrojan sus lecturas, o en las pasiones que provocan, como cuando el joven Aby Warburg, a los 13 años, en 1879, le ofreció los privilegios de su mayorazgo a su hermano menor con una una condición: que su hermano le comprase cuanto libro él quisiese, el origen de la Biblioteca Warburg, hoy en Londres.

Manguel rinde homenaje en sus páginas a los esfuerzos del Ministerio de Cultura en Colombia, emprendidos en 1990, de bibliotecas itinerantes para alcanzar lectores en los rincones del país, simbolizadas en el "biblioburro".

Manguel no parece creer en el progreso. Ni en que la vida tenga claros propósitos. Pero al explorar la razón de ser de las bibliotecas, depositarias de nuestra memoria, de nuestra historia y hasta identidad, Manguel sugiere que los libros dejan abiertas las esperanzas.

http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/eduardoposadacarb/libro-sobre-los-li_10944565-4

Conversar

El Hay Festival cambió la vieja presentación de los eventos literarios.

'El Casares', como llamamos al Diccionario Ideológico de la Lengua Española sus antiguos usuarios, define conversar como "hablar una o varias personas con otra u otras". Dice también que conversar es "tener trato y amistad unas personas con otras". Y esto, la más hermosa de las acepciones: "habitar en compañía de otros". Conversar: ¿aceptación del otro?

Las "mesas redondas" o rectangulares (si fueran redondas, algunos ocupantes cometerían la grosería de hablar de espaldas a su audiencia) imponen cierta pompa. Casi nunca se cumplen las rondas de intervención ni los turnos previstos. Por lo general, alguien usurpa el tiempo del otro. Por lo general, nadie responde ni replica al interlocutor. Al final, parecen un monólogo redondo: son la negación del otro.

El Hay Festival -un invento británico que se quedó a vivir en Cartagena de Indias hace seis años- impuso un ambiente para conversar. La conversación, no la conferencia, es el género que da sentido a este encuentro anual de escritores, editores y lectores. Por eso reproduce en escena una sala: "mesa de centro", sillones y un sofá donde "una o varias personas" hablan "con otra u otras".

El Hay Festival cambió la vieja presentación de los eventos literarios. Lo hizo en el escenario: salas casi familiares donde unos escritores interpelan a otros escritores ante un público que ha leído sus libros o busca interesarse por ellos. Del 2006 en adelante, el tresillo letrado se impuso sobre la "mesa redonda".

Los críticos del Hay Festival -¡bienvenidos!- hablan de la ligereza de las "conferencias". Es cierto, en parte: pocas veces hay solemnidad en las intervenciones; se conversa coloquialmente, se habla de la génesis de los libros, de los secretos del oficio y de las circunstancias que rodean la vida de los escritores. Y el público es una "inmensa minoría" que sigue leyendo libros, digitales o impresos, la pieza quizá arqueológica de una de las fuentes del saber: la lectura.

En este modelo de espectáculo se dan muestras de "fetichismo": se piden autógrafos y fotos con los escritores, pero esto no es más "grave" que hacerlo con deportistas o cantantes. ¿Por qué habría de privarse uno de muestras de admiración y afecto producidas por la creatividad humana? La amable liviandad será siempre preferible a la profunda hostilidad.

En el Hay Festival se siente un aire de fiesta y espectáculo, quizá de exhibicionismo de las grandes figuras invitadas. Prefiero esta fiesta a la no menos espectacular de las cumbres donde se decide a puerta cerrada el destino de los pueblos, en medio de aterradoras medidas de seguridad. En los festivales literarios no se decide nada: se habla sobre libros y autores que convocan a unas pocas miles de personas que vivieron la felicidad de leerlos.

Los escritores no son convocados para ofrecer fórmulas que podrían cambiar el mundo, imponer la justicia, evitar las desigualdades sociales o impedir los ascensos eufóricos y caídas catastróficas de la "ciencia económica", sino para una cosa más gratificante: hablar de libros y literatura, de la condición humana que los inspira y de unas pocas cosas que quedan como expresión de la libertad: el arte y los artistas, como recordaba Hannah Arendt.

Se trata, quizá, de un evento de élites: poca gente comparada con las multitudes que no ahorran presupuesto en un concierto de vallenato o de rock o pagan por una botella de ron sumas muy superiores a las que pagarían por un libro de Carlos Fuentes, Ben Okri, Nélida Piñón, Jonathan Franzen o Evelio Rosero.

Los festivales literarios no pueden competir con el esplendor de esos negocios.

http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/scarcollazos/quinta-columna_11002106-4

Guerra a los Morticieros

La ética profesional debe marcar la calidad científica y humana de dichos programas.

Noticiario, según el Drae, es el "programa de radio, prensa o televisión en que se dan noticias de actualidad", yo añadiría, de verdadero interés, nacional o internacional.

En Colombia, el vocablo "noticiero", adjetivo según el Drae, pasó a hacer las veces del sustantivo "noticiario", de otros países.

Cualquier noticiero debe ser visto por menores en compañía de adultos, no tanto porque tenga escenas de sexo o violencia, sino, aunque no las tuviera, por la necesidad de interpretar las noticias, al alcance de los menores, para ser entendidas y asimiladas por ellos provechosamente.

Tenemos modelos de noticieros: los de la BBC de Londres y CNN en el ámbito internacional, de calidad comprobada mundialmente desde hace más de 25 años. En Colombia tenemos buenos y malos. Entre los primeros, porque llenan el cometido de informar objetiva y seriamente, figuran el de NTN 24 horas, el de CM&, de Yamid Amat, el de Jorge Barón, en el contexto nacional, y el de Citytv en el local, de excelente calidad, y otros pocos.

Entre nosotros, las dos cadenas nacionales, RCN y Caracol, de radio y televisión, se han especializado en narrar muertes y asesinatos, en dar noticias sensacionalistas y amarillistas, de poco o ningún interés nacional: están de moda las 'balas perdidas'; vienen, luego, los choques aparatosos, de ser posible, con buena cuota de muertos; siguen las violaciones de menores, los casos patológicos de personas dementes que violan o torturan a mujeres y menores, en Florencia, Piendamó o Tierradentro -poco importa-, o en cualquier municipio retirado del país. Para qué tienen que informar que se cayó una niña de tres años a una quebrada, que luego la arrastró; que se desplomó una casa en la vereda Bellavista, de Cañasgordas; que un niño de dos años se ahogó en Palmira, con un pedazo de carne, y así por el estilo. ¡Qué falta de seriedad, qué amarillismo tan pobre y tan descolorido! Para ganar audiencia vulgar y mediocre, se dedican a narrar asesinatos y escándalos, como los 'vespertinos' que traen la noticia, con la fotografía espeluznante, del crimen pasional del día anterior.

Cuándo aprenderán los directores de estos noticieros -que prefiero llamar 'morticieros'- que no se puede jugar impunemente con la audiencia y la televidencia nacionales, interesadas en conocer lo positivo y lo negativo del mundo y de la nación, en una forma seria, breve y constructiva. Ya vamos en una hora entera por la noche, y piensan alargarlos para poder informarnos de cuanta muerte o escándalo se da en cualquier rincón del país. Qué interés tiene el público en saber cuanto pasa en las veredas y corregimientos del territorio nacional, para quedar luego al margen de los hechos importantes en el orden nacional e internacional. Por el ansia de dinero perdieron el concepto de lo que es informar al público con ética profesional.

Invito a los lectores de esta columna dominical a hacerles la guerra a estos dos noticieros ('morticieros'), suspendiendo por un tiempo su sintonía y sintonizando otros de buena calidad, para darles la lección de volver a ser noticieros de verdad. La ganancia y el lucro no pueden ser el motivo que inspire a los directores de noticieros y a las cadenas de TV. La ética profesional debe marcar la calidad científica y humana de dichos programas. Si no se tiene en cuenta la ética, apaga y vámonos.

http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/alfonsollanoescobar/guerra-a-los-mor_10979767-4

miércoles, 4 de enero de 2012

El calor o la calor?

Si el artículo concuerda con el sustantivo en género y número, ¿podría considerarse incorrecto el empleo de la en el caso de “la calor”?

Algunas gramáticas califican de “arcaica” esta forma, aunque en nuestro idioma hay ejemplos en los que se usa el o la indistintamente. Se trata del artículo con los sustantivos ambiguos, que vacilan --en el uso corriente de la lengua-- entre los dos géneros: el o la piyama, el o la azúcar, el o la tilde. Pero, veamos las cosas con mayor detenimiento.

Como se sabe, el determinante el se emplea delante de sustantivos masculinos (el libro) y la ante sustantivos femeninos (la mesa). Sin embargo, con los sustantivos femeninos que comienzan con a- acentuada, la forma del artículo es el: el agua, el hacha, el águila, el habla. Se exceptúan los nombres propios y los patronímicos, cuando designan mujer, y las letras del alfabeto: la Juana Corrales, la a, la hache; se incluye el nombre de la primera letra del alfabeto griego: la alfa (metafóricamente, con el sentido de “principio u origen”, se dice correctamente: el alfa y el omega).

Pero cuando se interpone cualquier palabra entre el artículo y el sustantivo, la forma no es el sino la: las hiervientes aguas de Tipitapa; la enrevesada habla del pandillero.

Ante adjetivos, el artículo no sufre variación: la alta cumbre, la agria naranja, la árida conversación. Incluso, en los casos de elipsis, es decir, cuando se omite el sustantivo porque se sobreentiende: Es más peligrosa la marea baja que la alta (la marea alta).

Cuando se quiere distinguir el sexo en sustantivos femeninos de personas o animales, debe emplearse el artículo femenino la: la árabe (la mujer árabe), la ánade (el pato hembra), etc.

Los nombres de personas no llevan artículos. En algunos países (Chile, México, Costa Rica, Nicaragua, etc.), es corriente anteponer el artículo al nombre de pila de todas las mujeres: la Julia, la Petra (“la Juana Corrales” se lee en Cosmapa, de José Román; “Pobre la María” se titula la canción de Luis Enrique Mejía Godoy, y “Yo soy la María, María de los Guardias” otra de Carlos Mejía Godoy). La Academia considera correcto el empleo del artículo en estos casos.

Con nombres propios geográficos, algunos países han vacilado en el uso del artículo en su nombre; sin embargo, hoy se pueden anotar con seguridad aquellos que lo aceptan; por ejemplo: El Salvador, la Argentina, el Uruguay, el Paraguay, el Perú, el Ecuador, el Brasil, la India, el Congo y los Estados Unidos. En otros casos, el empleo es indistinto: el Asia (o Asia), el Japón (o Japón), la China (o China), el África (o África), el Egipto (o Egipto).

Con los apellidos se usa el artículo cuando: a) se anuncian: Llegaron los González, los Pérez, los Hernández; b) se refieren metafóricamente a los grandes hombres: Nicaragua es la tierra de los Darío y los Sandino; c) se refieren a una mujer: la Mistral, la Toledo, etc.

Volviendo a nuestro asunto, ¿podría considerarse correcto el uso de “el calor”?

La Academia explica que el uso lo decide a veces el ámbito social, profesional o el dialecto; así, la mar, empleado en poesía, es también expresión de gentes de mar; por eso dicen: altamar, plenamar, y aunque casi no se emplea con el artículo, el femenino es evidente, como en estas otras expresiones: el mar inmenso, la mar salada.

El término calor tampoco debe confundirse con otros muchos nombres que tienen el doble uso, masculino-femenino, pero cuyo cambio de género obedece a una variedad de la significación: el cometa (astro) y la cometa (papalote o barrilete); el contra (concepto opuesto o contrario) y la contra (contraveneno, movimiento contrarrevolucionario); el orden (concierto o disposición de las cosas) y la orden (mandato); el pendiente (arete) y la pendiente (cuesta o declive de un terreno); el tema (asunto o materia) y la tema (actitud arbitraria contra alguien).

Pero la calor --como la color, también-- es un uso considerado por algunos filólogos y académicos como vulgar y anticuado, relegado al habla campesina de algunas regiones.

Empleemos, pues, la forma culta y generalizada: el calor.

http://impreso.elnuevodiario.com.ni/2007/07/07/opinion/53155

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Ortografía: cualesquier y cualesquiera

"Y no eran libros cualquiera", escribía hace poco un columnista acerca de la serie de Tintín.

Cualquier y cualquiera son singulares. El primero se usa antes de sustantivo masculino, «cualquier libro», o femenino, «cualquier vaca». El segundo, después, «un libro cualquiera», «una vaca cualquiera».

Los plurales correspondientes son cualesquier y cualesquiera, «cualesquier libros», «cualesquier vacas» y «unos libros cualesquiera», «unas vacas cualesquiera».

Observe que estos adjetivos indefinidos no varían por el género (cualquier, masculino, y cualquiera, femenino), sino por la posición (cualquier, antes, y cualquiera, después).

El columnista debió escribir «Y no eran libros cualesquiera». ¿Muy rebuscado?
Pudo optar por "Y no era cualquier serie / colección / conjunto de libros".

De estos cuatro adjetivos, uno adquiere mayor riqueza semántica, cualquiera, que opera también como sustantivo femenino, para 'mujer de mala vida', «es una cualquiera», y también como sustantivo de género común, para quien es 'indigno', "es un cualquiera".

Note que los demás adjetivos de esta colección no tienen esta última función en la vida real, "esas cualesquiera de la esquina..." ¡No funciona!

DAS

Una de las razones que da la nueva Ortografía de la Academia para escribir las siglas en mayúscula fija, DAS, IDEA, UNO, es que así se distinguen de palabras comunes homófonas. Si se sigue este consejo, DAS es el Departamento Administrativo de Seguridad, y das, una inflexión del verbo dar, «ya no das más»; IDEA es el Instituto para el Desarrollo de Antioquia, e idea, un sinónimo de 'pensamiento', y UNO es la Unión Nacional de Oposición, mientras que uno es el primer número.

Las demás siglas lexicalizadas pueden llevar solo la inicial mayúscula, Unesco, Unicef, Icfes. Y las no lexicalizadas deben mantenerse en mayúscula fija, RCN, HSBC, RCA.

Decimoprimero

Hoy es válido usar decimoprimero como sinónimo de undécimo, única forma considerada correcta hasta el 2005 para el ordinal que sigue a décimo. El femenino puede ser decimoprimera o décima primera y la forma apocopada, decimoprimer o décimo primer. Todo ello está admitido por la Ortografía de la lengua española del 2010.

Neoyorquino

New York tiene su exónimo en español, Nueva York. Por su parte, el gentilicio newyorker, en inglés, es neoyorquino, en español.


FERNANDO ÁVILA
DELEGADO PARA COLOMBIA DE LA FUNDÉU BBVA

http://www.eltiempo.com/vida-de-hoy/educacion/consejos-para-mejorar-su-ortografia_10927579-4

miércoles, 20 de julio de 2011

El aguardiente, licor que identifica a los colombianos




Elkin Obregón revela el enigma del brebaje en uno de los capítulos del libro 'Dios es Colombiano'

No conozco muchos textos literarios que hablen del aguardiente. Tal vez, entre nosotros los paisas, el más celebrado son las décimas que le envió Diego Calle Restrepo a un amigo, desde Estados Unidos, pidiéndole que le enviara una botella de su añorado licor. Comienzan así:

"Mi querido amigo Luis:
hace seis meses cumplidos
que aquí en Estados Unidos
suspiro por un anís;
porque en este gran país
por espantosa ironía
cualquier cosa se hallaría
que la fantasía invente,
pero un trago de aguardiente
¡nunca se conseguiría!"

Sucede y sucedió que muchos de nuestros escritores aguardienteros llevan o llevaron a la práctica, y no a sus páginas, el gusto por el impoluto. Yo, que no soy escritor, me veo ahora ante el mismo problema. Durante 40 años he sido más o menos fiel a ese producto, sin preocuparme al respecto de nada distinto a empinar el codo, y ahora se me pide que escriba 8.000 caracteres que describan, exalten o cuenten algo sobre el asunto.

Me declaro incapacitado. No dispongo de teorías, ni tampoco de anécdotas. Nunca, valga el ejemplo, he empezado el día con un trago de aguardiente, como hacen muchos adictos, y hacían también algunos campesinos antioqueños, que empezaban su faena diaria con una copa de tapetusa. Aunque la mayoría bebían a esa hora los llamados "tragos", un tazón de aguapanela enriquecido con algo de guaro o de ron. Un amigo mío, ya fallecido, se tomaba un aguardiente antes de afeitarse, para afinar el pulso.

A otro amigo, dibujante de profesión, le tiembla espantosamente la mano gracias a sus muchos años de libaciones. Por paradoja, solo el aguardiente logra ponérsela en condiciones. Como no toma de día, se convirtió en un trabajador de la noche. Hay, en fin, los que ingieren esa copa matinal como remedio o prevención contra la artritis.

Pero lo normal, por supuesto, es empezar a libar cuando cae la tarde. O un poco antes. Dice la leyenda (o la historia) que los empleados públicos bogotanos se inventaron un eufemismo, "las onces", como frase clave y secreta para darse una escapada al bar de la esquina; once letras, claro está, tiene la palabra aguardiente. Con el tiempo, la fórmula perdió su acepción pecaminosa y hoy las onces bogotanas equivalen al "algo" de los antioqueños. O, más globalmente, al té de los ingleses.

Amigo inseparable de tantos colombianos, vertido en muchos modelos y fórmulas regionales, todos válidos y deleitosos, el aguardiente carece de prosapia. No brinda, que se sepa, efectos afrodisíacos ni de otra clase, y los que lo usufructuamos ni siquiera sabemos del todo si sabe bien. Saben bien, tienen aroma y buqué los tragos de los blancos. El aguardiente entra bien, y eso nos basta. Quienes lo oficiamos somos gente mísera de tropa, y los que no lo son, como ya se dijo, no lo mencionan. No da estatus, ni siquiera literario. El bohemio que brinda por su madre el 31 de diciembre alza una copa de vino, y el personaje de 'Guayabo negro', la obra maestra de Efe Gómez, se emborrachó con brandy.

***

Dice el María Moliner sobre el aguardiente: "Bebida fuertemente alcohólica obtenida por destilación del vino". Más adelante concede otra acepción: "Aguardiente de caña: El obtenido directamente de la destilación de la melaza de la caña de azúcar". No nos nombra doña María, pero sí lo hace Michael Jackson (no ese Michael Jackson, sino el autor de Guía internacional del bar): "... En América Latina, especialmente en Ecuador y Colombia, puede referirse (el término) a un aguardiente áspero de caña, aromatizado con anís". Nada aporta a lo que todos sabemos, pero nos ubica: es el nuestro, bien claro está.

Hecho de caña gorobeta y anís, con diversas variantes y nombres en la producción de cada departamento, siempre bajo el férreo patrocinio del Estado, que no permite demasiadas variantes gustativas. Aun así, las hay. No saben igual el Néctar de Cundinamarca, el Platino del Chocó, el Cristal de Caldas, el Ónix Sello Negro de Boyacá, el Blanco del Valle, el Taparroja del Tolima. Pero, en el fondo, todos son uno.

Lo curioso es que este producto desaparece en el sur. No lo hay en Ecuador, con perdón de Michael Jackson, porque el que allá se consume recuerda más ciertos tragos españoles, como el famoso Anís del Mono. Perú y Chile son, en ese sentido, territorios del pisco, que se hace de uva. Según los entendidos, su sabor difiere en los dos países. Es mejor, dicen algunos, el de Chile, pero ni peruanos ni chilenos suelen beberlo puro, sino convertido en pisco sour, un coctel rico en zumo de limón, yerbas aromáticas, una pizca de bitter y hielo. Siguen muchas hectáreas vinícolas, que incluyen el Brasil gaúcho.

En ese país vuelve a aparecer el aguardiente, bajo el nombre de cachaza o pinga. Pero la cachaza, de libre fabricación, ofrece por lo tanto muchas opciones. Algunas son de temer, y hasta las mejores son algo crudas para el actual paladar colombiano; recuerdan de algún modo a nuestra ilegal tapetusa (también, como el tequila, una destilación del fique), muy confiable y sabrosa, valga el ejemplo, cuando provenía de Guarne y otros secretos alambiques del oriente antioqueño. O de Medellín.

Hay jugosas historias sobre la fabricación y el contrabando de la tapetusa. El mismísimo Pelón Santamarta, nuestro bambuquero estrella, cultivaba en su barrio de Guanteros ese oficio clandestino, y ante la inminente amenaza de cárcel se autodesterró. Gracias a ello recaló en México, sembró allá la semilla del bambuco, fue soldado de la Revolución, conoció a Barba-Jacob y al poeta guatemalteco Rafael Arévalo Martínez. Arévalo escribió de él una semblanza titulada

El hombre que parecía un perro, en la que lo pinta, tomando tequila y cantando sus endechas quejumbrosas, bajo la sombra tutelar del Señor de Aretal. Por cierto, el Señor de Aretal, o sea Barba, dijo de los cantos de Pelón que tenían "una excelencia de flor que se mustia, de miel que se acendra". No conozco más precisa y preciosa definición de los viejos bambucos y pasillos, ya perdidos para siempre. Pero ese es otro cantar.
Volviendo al aguardiente antioqueño, debe decirse que ha cambiado a lo largo de los tiempos. Antes tenía más anís y era más peligroso. Su porcentaje de alcohol llegó a ser de 45%, cosa brava, pero hoy se limita a un 29%, cuota que permite a un bebedor no compulsivo ingerir diariamente una media sin mucho temor a los estragos del guayabo. Muchos lo siguen tomando a la usanza antigua, de beberse de un solo trago la copa entera. Otros hemos optado por consumirlo a sorbos, costumbre heredada, tal vez, de los gringos que por aquí llegan, y así lo toman. Acaso lo estamos irrespetando, pero el resultado es el mismo.

El aguardiente sirve para muchas cosas. Como cualquier licor, propicia riñas, disputas, hace aflorar odios, confesiones antes no dichas, agresiones, incluso suicidios. Pero sigue sirviendo ante todo para conversar, para acompañar las noches de amistad en tiendas, graneros, bares y casas, sin que esa costumbre, a veces diaria, nos permita presumir de nada, ni resulte demasiado onerosa. En los viejos cafés de Medellín las meseras te llevaban, con las copas (dobles) de aguardiente, pasantes suculentos: platillos con camarones, piña, aceitunas, naranjas, uvas, cocos, tajadas de mango biche. Algunos llaman a esos pasantes tapas criollas, en alusión a las españolas. Pero estas hay que ordenarlas, y las otras llegaban con el pedido. Hacían parte del rito, como los boleros del piano.

Por fin, la mención obligada a un coctel que no registran las guías: el submarino. En un vaso de cerveza se deja caer una copa llena de aguardiente. La copa permanecerá hasta el fin en el fondo del vaso. El compuesto, que va brindando curiosas tonalidades, se bebe lentamente. Es óptimo para desenguayabar, y no conviene su abuso.
[Condensado]


ELKIN OBREGÓN

El autor, en pocas palabras: Caricaturista, poeta, pintor, cronista y traductor. Ha publicado 'Grafismos', 'Versos de amor y de los otros', 'Los invasores', 'Memorias enanas', 'Como si fuera un niño' y 'Trazos'.

Tomado de eltiempo.com el 20 de julio de 2011

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domingo, 19 de junio de 2011

Las bicicletas de Fernando Traverso




"Las bicicletas son una forma poética de hablar de las ausencias. Invitan a mirar y pensar dónde estará el dueño"

Fernando Traverso es un artista plástico rosarino. Nació en 1951 en la ciudad del Ché y de Fontanarrosa, donde estudió Artes Visuales, carrera que abandonó a los 21 años para dedicarse a la militancia social en los barrios. A finales de los 70s, una de las tantas mañanas en las que Fernando se encontraba caminando por las calles de su ciudad se cruzó con un amigo, un compañero militante social como él, que venía andando en bicicleta. Su amigo, que sabía que estaba siendo seguido, fingió no conocerlo, no lo saludó y continuó pedaleando. Un rato más tarde Fernando decidió volver sobre sus pasos y rehacer el camino que venía haciendo su amigo. A las pocas cuadras encontró la bicicleta atada a un árbol. Pasaron los días, en los cuáles Fernando volvía al mismo árbol, y la bicicleta continuaba ahí, encadenada. Así, un día comprendió que a su compañero se lo habían llevado y decidió romper la cadena y llevarse la bici. El dueño es uno de los 29 amigos de Traverso desaparecidos por la dictadura.

Casi 25 años después, Traverso decidió homenajear a sus compañeros y a los 350 desaparecidos y secuestrados rosarinos, víctimas de la represión ilegal y el terrorismo de Estado. Retomó entonces la figura de la bicicleta que espera a su dueño y se propuso realizar 350 esténciles en las paredes de la ciudad. Eligió el 24 de marzo de 2001 para estampar en una pared la primera bicicleta .

"Recuerdo que para ese entonces también hicimos una intervención con el grupo En Trámite, en la plaza San Martín de Rosario, frente a lo que fuera un centro clandestino de detención y tortura. Esa noche, de madrugada, salí con el molde y el aerosol en la mano. Había visto una pared propicia. Quería hacer la 'prueba de artista'. Tenía mucha necesidad de ver el resultado. Las primeras bicicletas las realicé caminando, eligiendo paredones cerca de mi casa. Las realizaba de noche, muy tarde. De regreso, a veces, debía apurarme porque amanecía, y las calles comenzaban a poblarse."

"De cada una de ellas podría contar una historia, como por ejemplo, la que quedó a medio hacer en la ex jefatura de policía, debido a que un oficial me detuvo al descubrirme. En otra oportunidad, un joven que venía de trabajar me llevó en su auto para que le pintara una en la pared de su casa; cargamos las dos bicicletas, la real en el baúl del coche y la otra, la del esténcil, en el asiento trasero y partimos. El diálogo que se generó durante el viaje fue maravilloso. Al llegar, la hicimos en silencio, pues quería darle la sorpresa a su mujer cuando se levantara a la mañana. O sino cuando salía en las noches de invierno, muy abrigado, con mi gorro de lana y cuellera, y veces, a la madrugada, me encontraba con los chicos que salían de los boliches que pedían que me sacara el abrigo de la cara, porque querían conocerme.

En la actualidad, todas las mañanas al ir a mi trabajo en bicicleta me cruzo con otros ciclistas y a su vez con esas otras estampadas en las paredes. Estoy seguro que algunos, después de verlas ahí, tan solas y desamparadas, siguen viaje armando una poesía en su cabeza."

Así, la silueta de la bicicleta abandonada se transformó en una metáfora de la ausencia.

Tomado del blog coolturizateya el 19 de junio de 2011
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